Sombras y Monstruos

Visual & Artistic Storytelling
“…Lucero custodiado,
luz caminante,
duerme, que calle el viento.”


Últimos versos de la nana “Duérmete, niño mío” del poeta y ensayista granaíno* Luis Rosales, perteneciente a la generación del 36, Premio Cervantes en el 82, y autor de “Abril” o “La casa encendida” entre otras muchas obras.


___________________


*Granadino

Lo que dicta la R.A.E vs lo que dicta la R.A.G (Real Academia de la lengua Granaína)

Acepciones R.A.E.
1. Natural de Granada. 
2. Tejido calado.
3. Variedad del cante andaluz.

Acepción R.A.G.:
(no reconocida pero real porque a mí, “granaína” de adopción, me da la real gana). 
Sinónimo de “granaíno,” término acuñado por la completa totalidad de pueblos de la provincia de “Graná” (léase. Granada en correcto castellano), quedando así definidos sus naturales los “cuálos” acaban partiéndose las camisas de granaínas al son de granaíllas acompañadas con taconeos, palmas y caras de “mala follá”.

“…Lucero custodiado,
luz caminante,
duerme, que calle el viento.”


Últimos versos de la nana “Duérmete, niño mío” del poeta y ensayista granaíno* Luis Rosales, perteneciente a la generación del 36, Premio Cervantes en el 82, y autor de “Abril” o “La casa encendida” entre otras muchas obras.


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*Granadino Lo que dicta la R.A.E vs lo que dicta la R.A.G (Real Academia de la lengua Granaína)

Acepciones R.A.E.
1. Natural de Granada.
2. Tejido calado.
3. Variedad del cante andaluz.

Acepción R.A.G.:
(no reconocida pero real porque a mí, “granaína” de adopción, me da la real gana).
Sinónimo de “granaíno,” término acuñado por la completa totalidad de pueblos de la provincia de “Graná” (léase. Granada en correcto castellano), quedando así definidos sus naturales los “cuálos” acaban partiéndose las camisas de granaínas al son de granaíllas acompañadas con taconeos, palmas y caras de “mala follá”.

- ¿Cómo estás?
- Cagada. 
_____________________
Serie_Y responder con una foto
Vol. III

- ¿Cómo estás?
- Cagada.

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Serie_Y responder con una foto
Vol. III

Meu coração preto não é tão preto como eu pensava

No te había visto jamás. No sabía que existías como tampoco sabía que esta tarde tus ojos se cruzarían con los míos.

Mientras, un antiguo amor recordándome lo tonta que puedo llegar a ser muchas veces, y un posible romance presente recordándome que lo soy irremediablemente.

De pronto, te veo y me ves. Y nos perdemos en una conversación que baila entre risas y cientos de miles de cosas en común.

Bañados en zumo de cebada, me doy cuenta que te quería desde antes de nacer en el mismo instante en que tu primera carcajada se escapada de tus labios morenos y tus pícaras pupilas oscuras.

Había escuchado miles de historias sobre ti. Me habían avisado que éramos prácticamente iguales, como dos gotas de agua.

De vuelta a casa, tres paradas de metro juntos y un transbordo, que se separa en medio del camino. Tú coges la salida derecha. Yo, la izquierda. Y una sonrisa de complicidad pura se despide con un beso en la mejilla y un “espero verte antes de lo que crees” que me roba el alma durante un instante y me hace ver que mi corazón no es tan negro como yo pensaba.

Y me enamoro de la escena siguiente. Tú, sentado en un andén del metro de Catalunya. Yo, sentada en el contrario. Tú, en Madrid. Yo, en Barcelona. Tu madre sevillana. La mía también. Curiosamente de pueblos vecinos.

Only You empieza a sonar en el mismo instante en el que, sentados uno frente al otro, no sabemos dónde mirar por vergüenza a mirarnos a nosotros. Tú a mí. Yo a ti.

Y un beso lanzado al aire. Y una sonrisa cercana que despide a este amor fugaz sentido por dos almas casi gemelas.

Al llegar a casa, ni cenar, ni peli, ni libro. Directamente me voy a la cama feliz con este sentimiento tan jodidamente bonito que empieza por “a” y acaba en “r”.

Y sé que te quiero, aquí y ahora, porque no sé qué foto poner para que acompañe este texto. Y cuando eso pasa, tiemblo.

Creer en lo increíble.

Algo me dice que la Primavera de Vivaldi, como respuesta, está más que descartada. Hubiera sido una obviedad imperdonable para el imaginario colectivo de esta Fantasía. Claro.

¿El lago de los cisnes? No. No puede ser. No tendría sentido ni sensibilidad. Esta Obra mayúscula, anticipada a sus tiempos, dejaría de serlo si hiciera que esas hojas de otoño y copos de nieve danzaran tan alegres sobre el Lago de los Cisnes.

Sigo pensando. Me niego a sacar el móvil y tirar la toalla en cuanto a mi oído. No me iré a lo fácil. Ni Shazzam ni Soundhound.

De pronto, y sin previo aviso, mi mente decide viajar a la primavera del 93 en Motril, Granada. Por concretar más, a una actuación en La Casa de la Palma. Como indumentaria un tutú rosa palo, un body fucsia, mallas blancas y las puntas; mis primeras y viejas zapatillas de ballet. 

Primera fila, centro izquierda. Cámaras grabando, un público expectante y mi madre sentada al final, rodeada de otras muchas madres con las que charlaba sobre “mi hija es la más mona… qué bien baila tu hija… qué graciosa que es la otra tuya… ¿también hace kárate? Qué completita”. 

Sé de lo que hablaban ahora al recordar sus expresiones, su lenguaje facial.

El Lago de los Cisnes ponía su punto y final y yo, ante la ignorancia de mi madre, empezaba a distraerme con las pelusas del suelo entre clásico y clásico. Tan sólo faltaba una última canción, el Walz de las Flores, momento en el que tenía que alzar el cuello, los brazos y dar vueltecitas en tutú y puntas por el centro de ese escenario. 

Como toda buena pieza de clásico, experimenté una especie de resurrección cuando comenzaba el susurro acuoso del arpa y aparecía mi padre a lo Tchaikovsky empinando su batuta. Recuerdo cómo me saludó alegremente con su enorme mano y una sonrisa que sólo El Viento sabe dibujar. 

Al verlo, no me quedó más remedio que pegar un brinco del suelo y despedirme sin saberlo de la danza clásica a lo grande: bailando como las flores.

Nunca más me enfundé un tutú ni unas puntas. Mi madre pensó que debía instruirme en otras labores más cultivadas. La danza, al parecer, no era lo suficiente.



Así ha sido como viendo el clásico Fantasía, tercer cortometraje de animación de la historia, parido por Walt Disney y con la colaboración de Dalí entre otros artistas, he viajado al pasado para recordar el título de esa pieza de música clásica que tanto me sonaba y tarareaba. 

Tal y como hizo el joven Jamal en Slummdog Millionaire: recurriendo a las vivencias de uno mismo.

A los recuerdos.

Algo me dice que la Primavera de Vivaldi, como respuesta, está más que descartada. Hubiera sido una obviedad imperdonable para el imaginario colectivo de esta Fantasía. Claro.

¿El lago de los cisnes? No. No puede ser. No tendría sentido ni sensibilidad. Esta Obra mayúscula, anticipada a sus tiempos, dejaría de serlo si hiciera que esas hojas de otoño y copos de nieve danzaran tan alegres sobre el Lago de los Cisnes.

Sigo pensando. Me niego a sacar el móvil y tirar la toalla en cuanto a mi oído. No me iré a lo fácil. Ni Shazzam ni Soundhound.

De pronto, y sin previo aviso, mi mente decide viajar a la primavera del 93 en Motril, Granada. Por concretar más, a una actuación en La Casa de la Palma. Como indumentaria un tutú rosa palo, un body fucsia, mallas blancas y las puntas; mis primeras y viejas zapatillas de ballet. Primera fila, centro izquierda. Cámaras grabando, un público expectante y mi madre sentada al final, rodeada de otras muchas madres con las que charlaba sobre “mi hija es la más mona… qué bien baila tu hija… qué graciosa que es la otra tuya… ¿también hace kárate? Qué completita”.

Sé de lo que hablaban ahora al recordar sus expresiones, su lenguaje facial.

El Lago de los Cisnes ponía su punto y final y yo, ante la ignorancia de mi madre, empezaba a distraerme con las pelusas del suelo entre clásico y clásico. Tan sólo faltaba una última canción, el Walz de las Flores, momento en el que tenía que alzar el cuello, los brazos y dar vueltecitas en tutú y puntas por el centro de ese escenario.

Como toda buena pieza de clásico, experimenté una especie de resurrección cuando comenzaba el susurro acuoso del arpa y aparecía mi padre a lo Tchaikovsky empinando su batuta. Recuerdo cómo me saludó alegremente con su enorme mano y una sonrisa que sólo El Viento sabe dibujar.

Al verlo, no me quedó más remedio que pegar un brinco del suelo y despedirme sin saberlo de la danza clásica a lo grande: bailando como las flores.

Nunca más me enfundé un tutú ni unas puntas. Mi madre pensó que debía instruirme en otras labores más cultivadas. La danza, al parecer, no era lo suficiente.

Así ha sido como viendo el clásico Fantasía, tercer cortometraje de animación de la historia, parido por Walt Disney y con la colaboración de Dalí entre otros artistas, he viajado al pasado para recordar el título de esa pieza de música clásica que tanto me sonaba y tarareaba.

Tal y como hizo el joven Jamal en Slummdog Millionaire: recurriendo a las vivencias de uno mismo.

A los recuerdos.

- Papá, tengo miedo.
- ¿Por qué, hija?
- Porque viene el Coco.

- Papá, tengo miedo.
- ¿Por qué, hija?
- Porque viene el Coco.

Comidas indigestas. Alimentos putrefactos. Deshechos humanos. 
Papeles usados. Papeles manchados. Palabras no dichas. Medicamentos. Alcohol. Drogas naturales que sintetizan la naturaleza de las propias drogas. Nervios acumulados. Cuchicheos. Gritos en silencio. Lágrimas jamás pedidas. Secretos. Miedos. Presiones y tensiones. Mails no enviados. Proyectos no acabados. Llamadas no contestadas. Curriculums no entregados. Fotos no tomadas. Besos inesperados y cortos que precisaron ser saboreados y largos. Miradas indescifrables. Ilusiones fallidas que duran pocas horas. Infoxicación. 
Y envenenamiento.


Irremediablemente, todo se cuela por el inodoro hasta llegar a las alcantarillas que circulan como venas subterráneas de esta atosigante ciudad. Y desemboca en la mar, contaminándola de más despojos humanos.


Hoy la mar debe estar gris.

Comidas indigestas. Alimentos putrefactos. Deshechos humanos. Papeles usados. Papeles manchados. Palabras no dichas. Medicamentos. Alcohol. Drogas naturales que sintetizan la naturaleza de las propias drogas. Nervios acumulados. Cuchicheos. Gritos en silencio. Lágrimas jamás pedidas. Secretos. Miedos. Presiones y tensiones. Mails no enviados. Proyectos no acabados. Llamadas no contestadas. Curriculums no entregados. Fotos no tomadas. Besos inesperados y cortos que precisaron ser saboreados y largos. Miradas indescifrables. Ilusiones fallidas que duran pocas horas. Infoxicación. Y envenenamiento.


Irremediablemente, todo se cuela por el inodoro hasta llegar a las alcantarillas que circulan como venas subterráneas de esta atosigante ciudad. Y desemboca en la mar, contaminándola de más despojos humanos.


Hoy la mar debe estar gris.