Algo me dice que la Primavera de Vivaldi, como respuesta, está más que descartada. Hubiera sido una obviedad imperdonable para el imaginario colectivo de esta Fantasía. Claro.
¿El lago de los cisnes? No. No puede ser. No tendría sentido ni sensibilidad. Esta Obra mayúscula, anticipada a sus tiempos, dejaría de serlo si hiciera que esas hojas de otoño y copos de nieve danzaran tan alegres sobre el Lago de los Cisnes.
Sigo pensando. Me niego a sacar el móvil y tirar la toalla en cuanto a mi oído. No me iré a lo fácil. Ni Shazzam ni Soundhound.
De pronto, y sin previo aviso, mi mente decide viajar a la primavera del 93 en Motril, Granada. Por concretar más, a una actuación en La Casa de la Palma. Como indumentaria un tutú rosa palo, un body fucsia, mallas blancas y las puntas; mis primeras y viejas zapatillas de ballet.
Primera fila, centro izquierda. Cámaras grabando, un público expectante y mi madre sentada al final, rodeada de otras muchas madres con las que charlaba sobre “mi hija es la más mona… qué bien baila tu hija… qué graciosa que es la otra tuya… ¿también hace kárate? Qué completita”.
Sé de lo que hablaban ahora al recordar sus expresiones, su lenguaje facial.
El Lago de los Cisnes ponía su punto y final y yo, ante la ignorancia de mi madre, empezaba a distraerme con las pelusas del suelo entre clásico y clásico. Tan sólo faltaba una última canción, el Walz de las Flores, momento en el que tenía que alzar el cuello, los brazos y dar vueltecitas en tutú y puntas por el centro de ese escenario.
Como toda buena pieza de clásico, experimenté una especie de resurrección cuando comenzaba el susurro acuoso del arpa y aparecía mi padre a lo Tchaikovsky empinando su batuta. Recuerdo cómo me saludó alegremente con su enorme mano y una sonrisa que sólo El Viento sabe dibujar.
Al verlo, no me quedó más remedio que pegar un brinco del suelo y despedirme sin saberlo de la danza clásica a lo grande: bailando como las flores.
Nunca más me enfundé un tutú ni unas puntas. Mi madre pensó que debía instruirme en otras labores más cultivadas. La danza, al parecer, no era lo suficiente.
Así ha sido como viendo el clásico Fantasía, tercer cortometraje de animación de la historia, parido por Walt Disney y con la colaboración de Dalí entre otros artistas, he viajado al pasado para recordar el título de esa pieza de música clásica que tanto me sonaba y tarareaba.
Tal y como hizo el joven Jamal en Slummdog Millionaire: recurriendo a las vivencias de uno mismo.
A los recuerdos.